Primavera Day: Noche eterna en el bosque de la melancolía

Supersticiones, magia, coincidencia, como quieran llamarlo. Ese día pronosticaba una copiosa lluvia en horas claves del evento, pero las nubes no hicieron más que saludarnos un rato, hacer un guiño y luego desaparecer. El cielo sí estaba gris, como extendiendo hasta el más allá esa paleta de colores de oscuridad, de azules, de nostalgia, que se materializarían más tarde de forma sonora, para cubrirnos como manto de emoción y decirnos que nada pasaría, que ese día la tormenta sería una más potente, pero desde acordes y melodías.

Por Mavi Martínez

Siempre decimos que algo es especial cuando nos ha marcado o cuando ha atravesado profundamente nuestros corazones, y este Primavera Sound, que reunió a bandas que puntualmente entregaban un sonido de ensueño o de hipnosis, nos dejó en claro que eso especial era estar sumidos en lo profundo de la música, desatando recuerdos, viendo fotos imaginarias allá en el cielo, sintiéndonos tocados por la sencillez de quienes subieron esta vez al escenario. En el aire había algo especial.

Poco público todavía pero ya mucha energía. En un pequeño escenario llamado “Barcelona”, montado frente mismo al principal subían a escena Los Ollies, trayendo las primeras credenciales paraguayas. Guitarras “dreamy”, esa aún frescura juvenil, entre naive y con desparpajo, pero con la seguridad puesta en cada nota. Así arremetió este grupo que ha publicado unos cuando sencillos, ha estrenado otros y se prepara para pegar el gran salto con su futuro álbum debut.

Aplausos cálidos, en consonancia con el clima, llegaron hasta la banda que supo cómo abrir un festival de tamaña envergadura no solo musical sino emocional. Con el sol a pleno aún pegando en las espaldas, frunciendo los ceños y desatando un poco de sudor, subía al gran escenario Soccer Mommy. Una banda encabezada por la estadounidense Sophie Allison, quien sin mediar palabras y con un sonido certero atravesó los corazones de quienes iban llegando. De curiosos y de quienes la conocían a ella, a su guitarra, a sus compañeros y a sus melancólicas melodías, muy melancólicas para tanta juventud, pero ¿quién dice que no podemos vivir la ensoñación hacia los 20 o 25? Ojalá pudiéramos vivir toda la vida con ese espíritu soñador.

Lo que hizo el conjunto estadounidense fue simplemente hermoso, justo y suficiente para entrar aún más en calor. El “ping pong” que hacía el público de escenario a otro cargaba combustible en los pies y en las almas, porque había una sensación como de penetrante ilusión que iba creciendo. Había un hilo invisible y conductor que unía a todas las bandas con un solo sentir, una misma paleta de colores y una amalgama intrínseca de sueños.

Así llegaron al “Barcelona” The Crayolas, un grupo paraguayo que ha ido creciendo paso a paso y que sabe llamar la atención con su impecable sonido y sus melodías que figurativamente significan lo que una descarga eléctrica. La energía que transmite el grupo, sonoramente, hace que el piso se mueva y uno empieza a despegarse, a volar, pero también a mover inconscientemente las caderas, como en un trance astral, funkeado y sabroso. Las alas que a uno le crecen escuchando ese onírico universo de The Crayolas solo van cambiando de colores y generando más plumas, para ir cada vez más arriba. No puedo explicar lo favorito que es “Disco Stu”, si se quiere un himno.

La embajada paraguaya seguía con los Deliverans, un grupo que ha afirmado en todo sentido la creciente influencia de The Cure en su historia. En ese momento en que soñar con tener una banda y escribir páginas con música original parecía algo lejano, ellos lo intentaron y Robert Smith y compañía fueron fuente de energía. Y hoy los Deliverans estaban ahí, rindiendo también (quizás) un homenaje en cada canción, en cada gota de maquillaje que se descorría por el sudor, pero que valía la pena. Valía la pena verlos así, maquillados, a todo color, porque tan solo poco tiempo atrás esto sería motivo de abucheos en una sociedad arcaica que de apoco va aprendiendo a respetar toda expresión artística.

La nostalgia empezaba a explotar a borbotones. Amigos abrazados cantaban a gritos “La cumbre”, “Serpiente cascabel” o se permitían derramar lágrimas al escuchar un track con la batería del fallecido baterista de la banda, Luis Fernando “Laucha” Arce. Todo era homenaje, emoción, delineador y brillo. Era una fiesta de aquella nostalgia buena.

Como un oscuro torbellino sonoro Eyesight hizo que el escenario “Barcelona” mágicamente se agrande. Las luces, las imágenes, los conceptos, los músicos. Todo estaba en su lugar. La lírica, por otro lado, estaba en un pedestal y alrededor de esto el resto giraba en concordancia. El espectáculo (porque fue eso) que entregó esta banda, donde todos brillan por igual, fue de otro nivel. La esencia fantasmagórica, el pesimismo pero también la esperanza, saben encontrarse en este grupo paraguayo que surfea las profundas olas del postrock, el rock industrial, lo electrónico, en una conjunción sumamente pulcra y precisa. Si bien todo está perfectamente cronometrado, el lugar para la emoción es igual de grande. La armonías se abrazan y todos cantan, elevando su ceremonia musical a lo más alto.

Por otro lado, aparecía en el escenario Slowdive, una de las bandas más importantes de la historia del shoegaze, el rock alternativo y los reyes de las texturas y trances ¿Fuimos acaso conscientes de a quiénes teníamos en frente? Quizás no, pero lo cierto es que han dejado el recuerdo indeleble y más sonrisas que no se borran.

El grupo tiene al frente a Neil Halstead y Rachel Goswell, quienes han hecho surgir una banda que con pocas palabras y mucho sonido dicen lo suficiente. Allá por los 80, cuando Inglaterra no era el mejor lugar del mundo en contexto sociopolítico (cof, cof, Thatcher) tuvo su nacimiento esta banda, dando a luz a melodías brillantes y distorsiones potentes, filosas, que remueven hasta la última fibra corporal. Todo eso aunado a un frenetismo psicodélico que la banda condimenta con su virtuosismo. De hecho, Robert Smith convocó al grupo por admirarlos, para que los acompañe en giras.

Cuando el corazón parecía no dar más llegaba El Mató a un Policía Motorizado, desde Argentina, en un regreso más que triunfal. A juzgar por la gente, es una banda cuyo arrastre crece, crece y crece, quizás sea por el alma y el corazón que vuelcan en sus obras, también conectadas al resto de las bandas por esa dualidad entre desilusión y esperanza. Claramente, esa bandera flameaba sobre cada propuesta, en un festival que claramente estuvo excelentemente curado.

El grupo argentino trajo el frenetismo de su show en vivo, que es casi que opuesto a sus grabaciones, ya que se pegan el lujo de dar sendas vueltas de tuerca a los temas y entregar versiones locas, delirantes, teniendo al pogo en sus manos. Pero el corazón latía a tope, el mismo cantante de la banda parecía emocionado así como el público, de dejar todo e ir corriendo al escenario principal, donde aparecería el padre de todos los emo, de los desesperanzados pero ilusionados, de los que algunas vez tuvieron miedo pero supieron amar, de los que pueden entender que aunque muchas cosas salgan mal, nada está perdido.

Sí, simplemente magia

Un señor cantaba a los gritos “Pictures of You” y mientras alternaba su mirada para el escenario, las pantallas y el cielo, abrazaba a su hija, una pequeña de unos 12 años. Ambos se movían al son magnético de esta música que sonaba hacia el final de la edición paraguaya del Primavera Sound. Esos abrazos de repente se volvían miradas y sonrisas, acciones cómplices donde uno no podía entender quién estaba más feliz y por qué. Lo conmovedor fue norma en este evento y por muchos motivos.

The Cure cantando muy de cerca a esos adolescentes que hoy están en la adultez. Robert bailando tierno, con movimientos como de un niño que baila feliz en la sala de su casa mientras escucha The Beatles o Pink Floyd, porque su padre o su madre o abuela decidió poblar el aire con esas melodías. Solo que este niño decidió explorar acordes menores, encontrando en esas variaciones su lugar seguro. Muchos motivos. Muchas canciones. Muchas. Dos despedidas, dos bises. Una remera con el escudo de Paraguay, para enaltecer ese amor que en algún lugar está por esta patria que en momentos como este no parece olvidada.

Y en seguidilla “Pictures of You”, “High”, “A Night Like This”, “And Nothing Is Forever” y de repente Robert tocando la flauta en la introducción de “Burn”. Exaltación. La catarata de temas arrasaba cualquier compuerta, ya que debía sonar todo, desde “Just Like Heaven” hasta “Kyoto Song”. Y todos dándolo todo. Mike Lord en teclados, quien vino en reemplazo de Roger O’Donnell, pero entregándose a la construcción de caminos con las teclas en cuerpo y alma; Reeves Gabrels empuñando la guitarra con una pasión inquebrantable, trayendo a cuestas todas sus historias para demostrar quién es en ese instrumento; Simon Gallup tocando el bajo con precisión quirúrgica y una energía sorprendente, entregando unas líneas llenas de fuerza, cuerpo y color, mirando a los ojos a Robert y recreando una danza de instrumentos. Finalmente, Jason Cooper en la batería como si de un reloj humano se tratara, sacando chispas de los tambores.

El Robert adulto casi no habla, pero con sus miradas el Robert niño de adentro lo dice todo, con esa mueca que se convierte en sonrisa cómplice, así como la de ese padre con su hija en el Parque Olímpico. Como las sonrisas de esos amigos que se abrazaban y saltaban. O como la emoción de bandas como Deliverans o Eyesight, que compartían aire con un grupo que forjó sus venas musicales.

Está ya casi demás decir que el show duró dos horas y media. Todos lo sabemos y a todos nos sorprende. Un show que tuvo mucho de cada banda que pasó por el festival, pues nos mostró todas y cada una de sus etapas. Su frescura juvenil, sus deseos, sus sueños, su atención por la precisión sonora, su desenfado, su pisada escénica, su ritmo, su sabor, su cariño.

Trances instrumentales larguísimos que dibujaban esos bosques por donde todos nos perdimos con gusto. Podíamos sentir las copas de los árboles meciéndose, podíamos ver los paisajes dibujándose, podíamos ver las cartas escritas de puño y letra. Y de repente, las melodías más poperas y alegres, para dar el gusto a todo el mundo, a los que buscan sentido en cada canción.

Tal vez ni eran necesarias las palabras porque la música lo dijo todo. Esas melodías de ensueño que se colaban entre la gente, que seguían disipando toda nube gris. Esas melodías se arremolinaban y mecían a la multitud. Las letras de una persona que no teme en mostrarse vulnerable, que no teme hablar de sentirse perdido, solo o derrotado, que no teme afirmar que los hombres también pueden soñar, ilusionarse, llorar.

Fotos de Kevin Cabrera

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