Paraguay y el cine sobre dictadura - Parte 3: “Matar a un muerto”

Matar a un muerto es una película que dice y no dice, que cuenta y no cuenta. Es lenta, con muchos silencios, demasiados, tanto que corre el riesgo de ahuyentar al que se decide a verla, pero esta es la forma que el director eligió para contar una historia que nos marcó y sigue marcando nuestra forma de ser de los paraguayos.

Por El Cuervo (@akacuervo)

En “Matar a un muerto”, de Hugo Giménez (El espejo – Documental), se narra la historia de dos hombres en el campo cuyo trabajo casi diario es enterrar cuerpos que el río “trae” hasta ellos. No vemos asesinatos, ni siquiera indicios de qué les pasó a esos cuerpos. No sabemos quiénes son, ni de dónde vienen y ni siquiera el motivo por el cual los mataron. Hasta ellos llegan cuerpos que no conocen de edad y los motivos por los cuales fueron asesinados no hacen diferencia de un niño, un hombre o una mujer.

El comportamiento de estos dos hombres, por momentos con miedo, nos dan algún indicio de que su labor de enterrar los cuerpos es por una orden superior que llega de algún lugar que no se manifiesta de forma concreta. Sin muchos cuestionamientos, hacen lo suyo. Mejor no saber, mejor no preguntar.

Pero un acontecimiento cambia el curso de la historia y los cuestionamientos rompen la monotonía de los enterradores. La película por un momento cambia su dinamismo. El río trajo a un hombre moribundo y la difícil tarea que les toca ahora es matar… al “muerto”.

Esta película da la sensación de que lo que estamos viendo está sucediendo en un espacio tiempo onírico e irreal, tan alejado, silencioso y gigantesco con vida propia que nos engulle. Sentimos la humedad, la soledad de los días y la angustia de los personajes. Nos da esa rara sensación del exilio obligado de quien tiene que pagar sus culpas, de personas que están ahí para que cada día de sus vidas piensen y reflexionen sobre sus actos.

“Matar a un muerto” nos muestra el purgatorio y el triste final de cómo y dónde terminaban nuestros hermanos y hermanas, nuestros padres y amigos, en la dictadura de Alfredo Stroessner. Nos hace partícipes y vivos testigos de lo que algunos niegan que existió y otros tristemente reivindican.

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