“Dislike” por el final inesperado: lo bueno y lo malo de Cónclave

Para redactar este análisis sobre “Cónclave” tuve que hacer algo de trampa, así que lo más probable es que en otros artículos que están siendo difundidos por ahí encuentren opiniones similares a las mías. Tampoco hay mucha vuelta que darle: el final es rebuscado y todavía sigo sin entender qué es lo que se busca transmitir. 

Por Diego Díaz

Tal vez la idea del director Edward Berger —la película está basada en un libro— era incomodar a los espectadores, que no sé, son conservadores y ven este tipo de películas porque se trata del Vaticano. O puede ser que Berger quiso dar un mensaje cliché sobre eso de que las apariencias engañan y que lo importante es lo que uno piensa y siente.

Dos de los artículos que leí se publicaron en El País y en The New York Times. El primero se tituló directamente “La intriga funciona, pero el final es un disparate”, y el otro, “Cónclave: serpientes y palomas alborotan en el Vaticano”. El artículo de Carlos Boyero en El País no dio muchas vueltas y, a mi parecer, le baja un poco el precio a las primeras partes de la película. Lo de “disparate” creo que está bien.

Manohla Dargis, en The New York Times, tuvo menos mala leche y comenzó por resaltar la excelente actuación de Ralph Fiennes, quien hace uso de su expresividad para ganarse toda la atención del espectador desde que interviene en la película. Para hacer un recuento justo, me parece que hay que comenzar por destacar a Fiennes como el organizador del cónclave.

Lo que también es verdad, y estuve mirando en las diferentes reacciones que tuvo la película, es que un filme que hable del Papa, del Vaticano y sus manejos casi siempre es un buen negocio. El Vaticano es uno de los Estados que capta la atención de casi todo el mundo cuando ocurre algún hecho político, y mucho más cuando se trata de elegir a un nuevo Papa. El contexto actual también es beneficioso para Berger, porque el complicado estado de salud del Papa Francisco pone al Vaticano en la agenda informativa prácticamente todos los días.

El desarrollo de Cónclave está marcado por la actividad política del cardenal Lawrence (Fiennes) y los candidatos a quedarse con el papado: el cardenal Bellini, el cardenal Tremblay, el cardenal Adeyemi y el cardenal Tedesco. La convicción con la que Lawrence lleva a cabo la organización del cónclave resulta lo más atractivo para la cámara, que incluye jugadas políticas para dejar afuera a Tremblay y que Adeyemi se aparte de la carrera por violar el celibato.

La gran capacidad para manejar el poder de Lawrence hace que, desde el inicio, aunque no tenga votos, queramos que él derrote al cardenal Tedesco, quien representa al tradicionalismo y posee posturas reaccionarias, por lo que Lawrence siempre lo tuvo como adversario a vencer. No obstante, al ver la película, ya sabes que Lawrence no va a ganar.  

La aparición del cardenal Benítez, un cura mexicano que estuvo como arzobispo en Kabul, Afganistán, desdibuja la película y, con poco ingenio, lo ubican como protagonista luego de un atentado cerca del Vaticano por dar un discurso pacifista y tolerante hacia el islam. Benítez antagoniza con Tedesco y se queda con el papado.  

Eso no es todo: el verdadero final descompone por completo el suspenso que caracterizó a la trama electoral. La revelación sobre su condición sexual agrega un condimento de polémica a su elección como Papa, tal vez tratando de incomodar a la audiencia conservadora o utilizando una especie de “factor sorpresa” para darle un cierre a la historia. Particularmente, creo que no funcionó bien y que la película pudo haber jugado un poco más con el suspenso. 

A pesar de todo, es una película escenográficamente genial, con buenas actuaciones y alerta sobre cómo, dentro del Vaticano, la facción más derechizada quiere volver a quedarse con el papado, aprovechando las convulsiones migratorias y sus efectos.

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